"Argentina se tiene que encaminar hacia una gran revolución moral"

Entrevista a Alcira Argumedo,
socióloga, miembro del Consejo Directivo del IEM.
Por Mariano Ugarte

“A veces miro este paisaje y pienso que mañana va a ser así”, anhela Alcira Argumedo mientras observa por la ventana, desde la altura, una enorme bandera argentina y a lo lejos, tras la trampa de la perspectiva, una pequeña bandera de Estados Unidos que flamea casi imperceptible. Y enseguida arremete con su precisión sociológica y la contundencia de los datos: “Es evidente que los sectores dominantes están en una crisis. Estados Unidos no es la primera potencia mundial, sino que es un imperio en acelerada decadencia. Los procesos de aceleración de la historia tienden a mostrar tendencias erróneas. Por ejemplo, no mucha gente en 1925 pensaba que veinte años después Inglaterra iba a dejar de ser el poderoso imperio colonial que había sido durante doscientos años, muy poca gente en 1975 pensaba que catorce años después iba a caer el bloque socialista. Esta es la situación de Estados Unidos. Lo tremendo es que los imperios antes de caer muestran sus facetas más aberrantes”, sostiene.

¿Cómo se vincula esta política imperial con el Terrorismo de Estado y sus continuidades?

El Terrorismo de Estado instalado por el golpe del ’76 no es un fenómeno único de nuestro país, forma parte de una gran ola sincrónica de dictaduras en la región, que van a colocar al grueso del continente bajo situación de control. Lo que se impone desde la Dictadura Militar no fue un nuevo orden sino una restauración conservadora. Estamos en el comienzo del fin de esa restauración. El golpe engarza en esa estrategia de restauración que intenta quebrar cualquier tipo de resistencia política o social a la implementación de un nuevo modelo de acumulación, concentración y polarización de la riqueza.

¿Cuáles serían las políticas restauradoras que continúan vigentes?

Con el Terrorismo de Estado se consolidan grupos de poder económicos financieros locales y extranjeros que se transforman en el poder real de la Argentina. El tema es que la vuelta a la democracia se vincula también con otra nueva estrategia, que es la del Consenso de Washington. Los Estados Unidos empiezan a evaluar que las dictaduras son peligrosas para los intereses norteamericanos ya que, antes o después, generan movimientos de oposición que no solamente cuestionan a los dictadores, sino también a ellos, que los han apoyado. A mediados de los años ’80 se da otra ola sincrónica de democracias liberales con modelos económicos neoliberales. Y estos modelos se pueden implantar gracias a una doble situación: por una parte sociedades fuertemente atomizadas, golpeadas por el Terrorismo de Estado con secuelas de temor, una desestructuración de las formas organizativas; y por otro lado se ha desplegado una nueva revolución científico-técnica. Se logran relaciones de poder que profundizan la centralización del poder económico, lo vamos a ver en las décadas de los ’80 y los ’90. A esto se suman otros aspectos de disciplinamiento social como va a ser la desocupación y el aumento de la pobreza.

La pobreza funcionaría cómo disciplinamiento...

La pobreza no es un efecto colateral no deseado del modelo neoliberal, sino que es un objetivo intrínseco. La mejor forma de imponer un disciplinamiento social es a través de la desocupación. Y estas políticas de saqueo generaron un descomunal traslado de recursos públicos y sociales hacia grandes grupos económicos financieros locales y externos, junto a una hegemonía cultural de la mano de la centralización de los medios y por lo tanto de los discursos.

¿Cuáles serían las fracturas que instaló el Terrorismo de Estado en el cuerpo social?

Los datos estadísticos hablan de esta catástrofe. Comparemos: en 1974 sólo el 7% estaba bajo la línea de pobreza, en el 2002 era el 56%. La mitad de la sociedad había caído bajo la línea de pobreza con diferentes niveles de dramaticidad. En el campo de la desocupación había un 3% de desocupación histórica en la Argentina y se pasó a un 20% de desocupación sumado al 20% de subocupación. Hoy hay casi un 75% de la población está en condiciones críticas de trabajo. Los salarios reales en la actualidad están un 60% menos que en el ’74, éstas son secuelas del Terrorismo de Estado y las relaciones de poder que este terrorismo generó.

Con este panorama, ¿cómo se resiste?

Los modelos neoliberales a partir del siglo XXI comienzan a trastabillar, esto da cuenta de la crisis de esta hegemonía cultural. Creo que en el marco de catástrofe de la Argentina lo que surge como más valioso son, por una parte, las iniciativas de los sectores más golpeados entre los golpeados que buscan la salida desde la cooperación, la solidaridad, el pensamiento colectivo; y por otra parte el fortalecimiento de ciertos polos morales como fueron los organismos de derechos humanos.

Sería volver al clásico axioma de unirse para resistir...

Resistir frente a agresiones económicas brutales. Está comprobado que la desocupación en términos individuales es un problema de desarticulación de la personalidad muy grave. Por el contrario, cuando se crea una organización de desocupados la desocupación deja de ser una falencia individual y se genera un nuevo espacio de identidad colectiva y de mirada hacia el futuro. Si no hubiesen existido los piqueteros el nivel de disgregación de los argentinos hubiese sido mucho mayor.

Ud. hablaba de los organismos de derechos humanos como polos morales ¿Qué reflexión le merecen estos 30 años de lucha?

Es un fenómeno peculiar si uno analiza un período de 30 años y toma por ejemplo a Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Pensemos que esas mujeres que daban vuelta a la pirámide de Mayo tenían enfrente a las tres fuerzas armadas, a la CIA, al Departamento de Estado de los Estados Unidos, al Plan Cóndor. La desproporción de poder es impresionante. Si lo vemos hoy, el triunfo moral es descomunal. En medio de un proceso de paulatina rearticulación del tejido social es una reconstrucción moral frente a la ética de la impunidad, la corrupción que fue el Terrorismo de Estado. Esta reconstrucción fue alimentada durante 30 años por la fortaleza y el símbolo moral que fueron los organismos de Derechos Humanos.

Que recientemente se haya utilizado la categoría de Genocidio en la sentencia contra Etchecolatz ¿revitaliza la búsqueda de verdad y justicia?

La palabra ha sido incorporada con el valor que corresponde, que es el de la matanza intencional de sectores de la población sean étnicos, raciales, religiosos o políticos. Tiene un poder simbólico impresionante sobre todo porque esto sienta antecedentes. Es la contracara de lo que pretende hacer Estados Unidos, donde pareciera que ahora aprueban la “torturita”, que es como estar un poco embarazado. Es muy degradante en términos morales. Es un punto de inflexión vital, es el gran triunfo moral de estas “débiles” mujeres que caminan frente a un poder descomunal, cretino, asesino. Esto no quiere decir que no haya una larga lucha por delante contra la impunidad y la corrupción. Argentina se tiene que encaminar hacia una gran revolución moral.

¿En lo específico de su investigación académica y el trabajo intelectual qué es resistir?

Es mantener la continuidad, la mirada, la construcción y dar sentido a la lucha que llevó una generación en la Argentina. Acá intentan imponer la idea que hubo unos “jóvenes violentos”. Lo que sí hubo fueron jóvenes que se comprometieron con un proceso histórico, que tenía una dimensión muy amplia. Dar continuidad y sentido sin desconocer los errores es un verdadero trabajo y desafío intelectual.

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