Las largas alas del Cóndor. Terrorismo sin fronteras

Por Stella Calloni,
periodista y escritora,
miembro del Consejo Directivo del IEM.

El Terrorismo de Estado fue trazado para toda la región en el mapa de las llamadas dictaduras del Cono Sur, dentro de la Doctrina de Seguridad Nacional de Estados Unidos en el esquema de la Guerra Fría y en la lucha “contra el comunismo” en el mundo.

Todo el que se opusiera a esa “democrática” teoría era calificado como el “enemigo interno”, un “terrorista” y por lo tanto debía ser aplastado, aniquilado, desaparecido.

En nuestro país 30 mil personas fueron desaparecidas, otras asesinadas y miles debieron ir al exilio -externo o interno.

Han pasado 30 años desde aquel día trágico del Golpe, cuando se institucionalizaron planes y operaciones conjuntas para cumplir con los elementos básicos de la “Seguridad Nacional”.

La “Operación Cóndor”, réplica de otras creadas e impulsadas por Washington bajo la dirección de la Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) -como lo fuera Phoenix, en el sudeste asiático a mitad del año ’65- comenzó sus primeras y trágicas “pruebas” en 1974 con el asesinato del general chileno Carlos Prats y su esposa Sofía, en Buenos Aires, donde actuó un escuadrón de la muerte integrado por hombres de la CIA, la DINA (policía política de la dictadura pinochetista) grupos terroristas cubano americanos de Miami, la Triple A y sectores de seguridad locales.

A fines de 1975 se realizó la primera reunión de las dictaduras de la región en Santiago de Chile, para trazar un proyecto unificado. Argentina, Chile, y sectores de Brasil realizaron la llamada Operación Colombo, por medio de la cual el dictador Augusto Pinochet pretendió “engañar” a Naciones Unidas (ONU) y a la opinión pública mundial ante la exigencia de respuestas por una lista de 119 desaparecidos y elaboró un plan típico de la contrainsurgencia diseñada por el Pentágono. Contó con la complicidad de periodistas, medios de prensa y aparatos de inteligencia.

Cinco cadáveres aparecieron tirados en calles céntricas de Buenos Aires en el primer semestre de 1975. Entre las ropas de estos cadáveres, que tenían las manos cortadas, quemados los pies y degollados, se encontraron documentos con el nombre de cinco de los desaparecidos de Chile. Junto a ellos se colocaron pancartas que los identificaban como pertenecientes al Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile (MIR), y otras organizaciones de ese país.

En Argentina, una imprenta de José López Rega, es decir de la Triple A, publicó la revista Lea, que duró sólo un número, para dar “la noticia” de que los desaparecidos de Chile, morían en Argentina en “enfrentamientos de la izquierda”. Isabel Martínez de Perón decía en la portada, que le daban “asco” estas acciones de la izquierda chilena.

En Brasil, se reactivó un periódico quebrado (“O Día”) para informar sobre lo mismo, y otros en el noroeste argentino. La noticia que “llegaba desde afuera” tenía más credibilidad al ser levantada por los medios chilenos cómplices de la dictadura.

Hace poco en Chile se descubrieron en una fosa los cadáveres de tres de aquellas víctimas cuyos nombres aparecieron en documentos falsos junto a los cadáveres de Argentina. ¿A quiénes corresponderían esos cadáveres aquí? Es lo que tenemos que saber.

La Operación Colombo fue una de las acciones precursoras de la Operación Cóndor para espiar, vigilar, secuestrar, asesinar o desaparecer en unos u otros países, a los militantes y luchadores.

Así figura el diseño de este plan siniestro en documentos encontrados en los llamados Archivos del Horror, de la dictadura de Alfredo Stroessner del Paraguay, descubiertos en 1992 por el abogado y pedagogo Martín Almada. Almada encontró en una sede de la policía paraguaya del barrio Lambaré, cinco tonelada de archivos, entre los que figuraban documentos de esa y otras dictaduras y varios de la Operación Cóndor. La Operación se denunció después del asesinato del ex ministro del gobierno democrático popular del presidente Salvador Allende, Orlando Letelier, en Washington. Fue una acción cerrada, cuyo propósito primario fue el asesinato de figuras importantes contrarias a las dictaduras, en el lugar donde estuvieran, y extendida luego a los militantes de unos y otros países.

Esta “internacional de la muerte” que dejó un tendal de víctimas como el general Juan José Torres, ex presidente de Bolivia, o los políticos uruguayos Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz secuestrados y asesinados en Argentina en 1976 entre tantos otros, se extendió luego a Centroamérica (1979/80/81). En la Argentina se desarrolla el juicio más importante sobre la Operación Cóndor, donde la justicia ya determinó que se trató de una “asociación ilícita” para cometer crímenes de lesa humanidad. Los abogados que representan a los familiares querellantes están bajo la dirección de Alberto Pedroncini, pero existe un marcado silencio sobre este extraordinario juicio, gracias a la “recolonización” de los medios de comunicación locales.

Esa recuperación histórica, que se está haciendo en nuestro país y en otros de la región, es de importancia vital para la humanidad en tiempos de regreso del Terrorismo de Estado, con un entorno superador al de los anteriores que sembraron las dictaduras en nuestra región y torna imprescindible definir términos, palabras, contenidos. Para hablar de terrorismo debemos definir quien lo ejecuta y quien lo utilliza para dominar a otros, también cuál es el significado de Terrorismo de Estado. Son los Estados los responsables de la vida y seguridad de sus ciudadanos, ejercen el terrorismo cuando sus acciones violentan los derechos humanos, sociales y políticos de sus gobernados. Denunciar lo que se hizo en el pasado es muy importante cuando la humanidad atraviesa uno de sus momentos más peligrosos y trágicos. En Washington estuvo la mano que meció la cuna de la muerte y hoy también desde allí viene el nuevo proyecto de recolonización de América Latina bajo otros nombres.

Desde Hiroshima y Nagasaki, hasta Vietnam y hasta Irak, símbolos del Terrorismo de Estado mundial que se impone en estos momentos, existe una larga historia que la memoria debe recuperar.

La Guerra de Baja Intensidad (GBI) llegó para quedarse y la militarización avanza cada día, con tropas y bases estadunidenses por toda América, conjuntamente con los planes económicos de apoderamiento de nuestros territorios y recursos.

La guerra que el presidente George W. Bush declaró al mundo, supera en la extensión de su mirada a “las fronteras seguras” que Adolf Hitler trazó, está empantanada tanto en Irak, como en Afganistán.

Su avance latinoamericano por varias vías, algunas abiertas y otras más ocultas, también está determinado por el escenario de resistencia que nuestro continente está mostrando al mundo. La lucha por los derechos humanos y de los pueblos nos dignifica, frente
a la degradación de los poderosos, que como los gobiernos europeos, se prestan para que hoy en pleno Siglo XXI, se lleve adelante una criminal Operación Cóndor mundial, que tendrá otro nombre y será más sofisticada.

Estos treinta años nos encuentran luchando contra el horror, mientras el responsable de nuestra tragedia exhibe en una base militar ocupada ilegalmente en Guantánamo, en Cuba, lo que es su símbolo: detenidos-desaparecidos sometidos a torturas, como las que se practican en las cárceles de Irak, Afganistán y otras cárceles secretas de un mundo que se autoadjudica defender los derechos humanos y nos reclama a las víctimas, a los que luchamos por la justicia y la verdad, qué es el terrorismo.

Entonces la memoria de las víctimas regresa hasta nosotros multiplicada por su decisión de dignidad, que hoy otros recogen aquí y en el mundo. Estamos dando ejemplos, estamos siendo otra América, estamos mostrando que otro mundo es posible, que se puede no ser cómplice del crimen contra la humanidad y ese es quizás nuestro mejor homenaje a los ausentes.

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