El genocidio llama dos veces

Por Alfredo Grande,
médico psiquiatra, psicoanalista,
representante de la Liga Argentina por los derechos del Hombre
en el Consejo Directivo del IEM.

La experiencia de los sobrevivientes del Terrorismo de Estado se encuadra dentro de las llamadas situaciones límites. Límite entre la vida y la muerte. Y no me refiero solamente a la muerte entendida desde la biología, sino muy especialmente la muerte de los vínculos familiares y de amistad, los proyectos vitales, las convicciones más profundas. Muerte incluso del denominado sentimiento de autoestima, que es vital para sostener la continuidad de la dignidad de la vida.

El Terrorismo de Estado es Terror y es Estado. Combinación letal porque desaparece la función de terceridad que, supuestamente, éste deberia ejercer en los enfrentamientos entre particulares. El Estado genocida demuestra que esa función era en el mejor de los casos ilusoria, en el peor, directamente alucinatoria.

Las víctimas sobrevivientes del Terrorismo de Estado tienen diversos mecanismos para compensar el sufrimiento soportado. Deben enfrentarse con el perverso mecanismo construido por la cultura represora denominado “culpa del sobreviviente”. Esta situación en modo alguno es natural e inevitable. Es una forma de continuar el Terrorismo de Estado por otros medios. Ahora, como mortificación interna. Si el sobreviviente, es decir la víctima tiene culpa, el victimario tiene una dispensa que no le corresponde.

La situación político institucional actual es adecuada para la elaboración de esta culpa del sobreviviente. Se ha podido visibilizar nuevamente al represor sin la piel de cordero que las leyes de la impunidad le habían otorgado. Pero la cultura represora no va a permitir que puedan vivir en paz aquellos que lograron escapar de la trampa fascista de la desaparición forzada de personas. Si no hay culpa, entonces el mecanismo elegido es actualizar el terror. Actualizar el castigo. Actualizar el sufrimiento. Y la forma de lograrlo es tan inesperada cuanto cobarde. Los mismos juicios que buscan el castigo de los máximos responsables de la masacre y exterminio se convierten en laberintos temporales. De ellos tampoco se puede salir, porque una y otra vez la víctima se re- encuentra con los inicios de la pesadilla. Parecía que finalmente se había despertado, y que las vigilias democráticas iban a estar exentas de terrores y temores. Pero con absurdas e inconducentes pruebas testimoniales, para probar lo que ya está históricamente probado, la víctima vuelve a encontrarse con la víctima que fue, y que gracias a este perverso mecanismo, nuevamente vuelve a ser.

Entonces, no se trata de que la víctima recuerde. Por el contrario: es una forma perversa de actualizar el insoportable trauma que prolongó la muerte en vida durante un cautiverio cruel, degradante, hasta el límite de lo no soportable. Se trata, una y otra vez, de otro efecto de la nefasta teoría de los dos demonios. Castigo para el victimario y castigo para la víctima. Diferentes castigos, naturalmente. Los tiempos actuales no permiten que los jerarcas de la muerte puedan seguir disfrutando de la indulgencia de los mansos. Pero no hay nada que autorice a que las víctimas, que deben ser, al decir de los letrados, el más preciado bien a tutelar, porque ellas son la memoria del horror, sean traumatizadas una vez más. Es cierto: lo han sido muchas veces. Pero no abusemos de la capacidad de resistir de las cigarras.

Me opongo a esta forma de conseguir testimonios y pruebas. Todavía es posible que las víctimas reparen en alguna medida el ataque a la salud que padecieron. No hay poder sobre la tierra que debiera obligarlas a repetir la pesadilla. Re-victimizar a la víctima es otra trampa de la cultura represora que a todos nos compete destruir.

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