Preservar la memoria sin aplicarla

Por Alejandra Naftal,
representante de la Asociación Buena Memoria
en el Consejo Directivo del IEM.

¿Cómo podemos lograr, desde nuestro efecto instituyente, impulsar acciones para que el Estado sea el que tome la función de preservar la memoria, que tome la función de generar políticas del porvenir de la memoria, concertadas y cogestionadas con las organizaciones de la sociedad civil?

Existen ejemplos de formas de implementación de políticas de Estado fagocitadoras, con las que no deberíamos encandilarnos. Por ejemplo, Estados Unidos es el país que tiene más museos, centros culturales, espacios para las minorías, centros de interpretación; espacios que abordan temas como la tolerancia, la discriminación, la diversidad. Es decir, entienden y desarrollan políticas desde el poder del Estado sobre el rol que cumplen estos lugares.

Estos espacios están bien gestionados, cuentan con recursos, tecnología de punta, con dispositivos y técnicas expositivas muy creativas y con efectos de interactividad novedosos. Pero se trata de meras descripciones donde nunca se apela a procesos históricos, sino que se apela a lo individual, a mantener la historia de cada grupo sin hacerla interactuar con el otro.

Otra pregunta ¿todos los ex-centros clandestinos se tendrían que convertir en museos, en centros de documentación, en lugares de actividades, de exhibiciones, de encuentro? Es algo que me preocupa, porque la saturación no es buena. Si bien es fundamental visibilizar los sitios que fueron lugares de represión, tormento, secuestro y exterminio, hay que centrarse también en cómo construir el relato de cómo y por qué se constituyó el Terrorismo de Estado. La cantidad y la superposición no garantizan la participación, ni garantizan la comprensión del mensaje. Esta tentación de hacer museos, o cualquiera de estas variantes, puede jugar en contra, nos puede entrampar; tal como nos sucedió con nuestro propio discurso en el movimiento de Derechos Humanos, con el cual nos hemos entrampado por las circunstancias históricas en defensa de las víctimas. La “teoría de los dos demonios” que surgió quizá de una necesidad pero que después se nos transformó en una trampa; el concepto de “víctima inocente” que en su momento respondió a una necesidad y así muchas otras conceptualizaciones o interpretaciones de las coyunturas que al momento de surgir nos sirvieron, pero que luego se nos volvieron en contra.

La cuestión es que para narrar sobre estos temas, es necesario remitirse a los años previos. Cómo explicar lo que ocurrió, sin dar cuenta de los años ’60, ’70, el protagonismo de la juventud, la lucha armada, la movilización popular, la militancia. ¿Cómo y dónde ubicar ese relato de los años ’70? ¿Es en los ex-centros clandestinos? Hay que distinguir los espacios de estos relatos, porque son diferentes, porque nacen de emisores diversos. No hay un emisor único de la historia. La transmisión no se logra como un pasaje burocrático, pasar de un papel a otro. La transmisión cobra sentido en términos de interpelación del presente al pasado.

Cada experiencia tiene que conservar su particularidad, cada una tiene que serle fiel a lo que le dio origen, a los actores que intervienen. Pero lo pendiente a discutir son los ejes y los valores que en general se quieren transmitir con cada una de estas experiencias y no perder de vista que no va a haber un relato único y definitivo. Seamos inteligentes, creativos, audaces, para que cada uno de estos espacios tenga su propia identidad. Confiemos en que hay maneras diferentes de construir y descubrir relatos, y dejar pistas para que los que vengan puedan utilizar estos espacios para continuar interpretando y armando otros nuevos.

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