"Hay una continuidad reveladora entre genocidio y culturicidio"

Por Osvaldo Ullrich,
miembro del Consejo Directivo del IEM
en representación del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos.

Todo sistema represivo que se propone el asalto del poder establecido, asume una hegemonía que tiene entre sus propósitos explícitos o implícitos la eliminación de sus enemigos bajo el imperio de un “estado de excepción”; pero también necesita un consenso entre la población, sin el cual es imposible sostenerse en el tiempo. En el caso que nos ocupa: “la dictadura genocida que asoló nuestro país entre 1976 y 1983”, dicho consenso se articuló mediante la utilización de herramientas precisas; destacándose entre las principales, la manipulación mediática a través de la censura y el disciplinamiento voluntario o forzado de la prensa y la destrucción del pensamiento crítico. Es justamente éste último el que nos interesa particularmente por su incidencia en la educación y por ser funcional a un proceso que había comenzado en la dictadura de Onganía (“La Noche de los Bastones Largos”) como algo más visible; pero con antecedentes importantes en la génesis de la privatización de la enseñanza superior a partir de la autotitulada “Revolución Libertadora”. Proceso que llevan a su clímax inscribiéndolo en la historia como un verdadero “culturicidio”, cuyas consecuencias perduran hasta la actualidad a pesar de los esfuerzos realizados últimamente
para revertirlo.

Cuando indagamos en su interior encontramos parámetros significativos que nos ayudan a comprenderlo en la realidad cotidiana y en la vida y sufrimiento de nuestro pueblo, con una continuidad reveladora entre genocidio y culturicidio. Destacándose la constitución del estudiante como sujeto en el conjunto de la educación pública y el poder del lenguaje.

En relación con el primero de ellos, podemos destacar sintéticamente que a partir de 1971 se produce un cuestionamiento de la institución Universidad de carácter masivo y participativo, haciéndose extensivo en mayor o menor grado a la Escuela Secundaria; produciéndose en las diversas experiencias una dilución del yo en el nosotros, pero una potenciación de los atributos individuales para la producción académica colectiva. Esta aparición política de un sujeto social diferente del clásico ilustrado representaba un obstáculo para los intereses de la oligarquía dominante. Estamos refiriéndonos a una generación que inicia una revisión total de valores desde los ideológico-culturales hasta los éticos y estéticos.

Durante la dictadura se pasa en medio de una “anestesiaética”, del sujeto protagonista de la historia al que nos referíamos, al sujeto de persecución, “recuperación” o “desaparición” para salvar a la patria enferma,por lo que no nos puede asombrar que el 21% de los desaparecidos fueran estudiantes y docentes. Así el estudiante pasa de ser sujeto a “objeto” en medio de una guerra ideológica caracterizada por los ecos de un mensaje blindado que baja en todos los niveles educativos y que trata de expresar la batalla cultural que se libra en “la mente y el corazón de los jóvenes”.

El otro elemento significativo para evaluar el accionar de la dictadura es el poder del lenguaje, que lo vamos a sintetizar por razones de espacio en dos componentes: a) cantidad de libros leídos por habitantes por año y b) cantidad de palabras que integraban el lenguaje habitual de un argentino promedio.

A modo de comparación elegiremos un momento previo de apogeo y uno posterior al finalizar la dictadura. Al comenzar la década del setenta: a) 4 libros y b) 4 a 5000 palabras. Al finalizar la dictadura: a) 1 libro y b) 1500 a 2000 palabras. La contundencia de las cifras permite sacar la “peor” de las conclusiones.

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