Derechos Humanos y los Trabajadores

Ricardo Peidro,
Secretario de Derechos Humanos de la CTA-Nacional,
Secretario General Adjunto de la Asociación de Agentes de Propaganda Médica,
miembro del Consejo Directivo del IEM.

Desde la Central de Trabajadores de la Argentina nos reivindicamos como herederos de nuestros compañeros y compañeras que soñaron con otro país y que, a pesar de la muerte y la desaparición instalada desde el Terrorismo de Estado, siguen siendo parte nuestra. Aunados en su proyecto, en sus sueños y en su militancia seguimos necesitando la consolidación de la clase trabajadora como sujeto político de transformación hacia la liberación de nuestro país.

Nos presentamos al Juicio de Madrid y -como a lo largo de nuestros 15 años de existencia-, denunciamos la estructuración de un plan concertado por los grandes grupos económicos y las fuerzas armadas para implementar el Terrorismo de Estado y el genocidio, con el claro objetivo de disciplinar socialmente a la clase trabajadora para obtener una más alta tasa de ganancia y concentración económica. Esos grupos económicos instigaron, financiaron, colaboraron y apoyaron de diversas maneras el genocidio y el terror como método de gobierno. Conformaron una asociación ilícita entre los grandes grupos económicos de capital nacional e internacional, los usurpadores del estado y sus mandatarios, los ejecutores materiales, las fuerzas armadas y de seguridad. Estas empresas financiaban los "grupos de tareas" que secuestraban, torturaban y mataban dentro de las fábricas en lugares especialmente preparados para ello; confeccionaban las listas de trabajadores luchadores para que se los secuestrase; hasta ponían a disposición de los asesinos vehículos en los cuales secuestraban trabajadores. Los casos de Ford, Mercedes Benz, Ingenio Ledesma, Astillero Astarsa y Mestrina, Acindar o Siderca, entre otros, son fieles retratos de esta complicidad. De los 30 mil desaparecidos el 68% eran trabajadores. Se los expulsaba de sus puestos de trabajo acusados de ser “elementos subversivos” al mismo tiempo que se clausuraban sindicatos y organizaciones obreras en general. El principal objetivo del terror fue desarticular a la clase trabajadora: rompió todas sus formas de organización sindical y solidaria, secuestró y mató a los mejores hijos de esa clase. Hizo imperar el terror en sus familias con el secuestro de los hijos de los trabajadores para entregarlos y borrar su identidad.

Básicamente, el terror fue parte de la instalación de un proyecto económico que aún regula la vida cotidiana de los trabajadores; desindustrialización, inédito endeudamiento externo, concentración y extranjerización económica; esto gestó las condiciones para el aumento del desempleo, la precarización laboral y la expansión de la pobreza.

A pesar de la violencia instalada desde el poder político y con la complicidad de grupos económicos extranjeros y locales; a pesar de que la muerte y el miedo quiso llenarlo todo de pasividad y olvido, y a pesar que la mayoría de las víctimas fueron rabajadoras/es, no pudieron hacer desaparecer la identidad de clase, la idea de organización, de lucha y de derechos. Durante esos años, miles de compañeras/os siguieron encontrándose clandestinamente, siguieron organizándose, resistiendo como y desde donde pudieron.

El silencio sobre las acciones militantes de los trabajadores durante la etapa no es producto de un descuido sino que está estrechamente vinculado a los efectos que generó la dictadura; se evidencia en la instalación de la teoría de los dos demonios, que esconde estas luchas y la resistencia que sostenían los compañeros a través de su militancia.

El ocultamiento de las luchas de los trabajadores frente a la dictadura, en base a discursos oficiales donde prima la complicidad, la delación y el entreguismo de algunos dirigentes sindicales, sentó también las condiciones para producir un ocultamiento del papel de sujeto activo que los trabajadores tuvieron en la historia argentina.

Las denuncias únicamente de la desaparición y la tortura tienden a invisibilizar la resistencia y la lucha popular en el camino de la construcción de una sociedad justa y coloca a los compañeros sólo en el lugar de víctimas. Como si cada uno de los compañeros/ as que atravesamos el proceso sufriendo exilios internos o externos, cárcel o desaparición nos definiéramos exclusivamente como ex exiliados, ex presos o ex detenidos desaparecidos, cuando lo que nos define es nuestra identidad de militantes populares y no la foto de un momento histórico.

Los 30.000 compañeras/os secuestrados y asesinados bajo la perversa figura de la desaparición no fueron el único saldo de la Dictadura. Lo fue también la destrucción de miles de experiencias organizativas que construían un país más justo, la desarticulación de un proyecto de liberación nacional y la instalación, a partir de las políticas del neoliberalismo, de una matriz económica, política y cultural de profunda desigualdad vigente aún. De todas formas estos 30 años nos sitúan en un escenario diferente. Muchos de los responsables políticos-militares están presos estableciendo un antecedente histórico, aunque aún no hemos tenido el poder de juzgar a los responsables económicos que hoy siguen acumulando la riqueza que producen los trabajadores. Se recuperó el símbolo de la represión ilegal, la ESMA, en manos de los organismos de Derechos Humanos y la CTA estuvo representada por miles de compañeros de sindicatos, agrupaciones, organizaciones sociales, etc. que acompañaron un hecho histórico fruto de la resistencia y lucha de nuestro pueblo. Seguimos reclamando el desprocesamiento, en atención a la inexistencia de delito, de todos los luchadores populares. Hoy vemos importantes avances en materia de derechos humanos, no sólo por la recuperación de la ESMA, sino también por la nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, la depuración de la Corte Suprema, que también son fruto de largos años de lucha de nuestro pueblo. Pero planteamos que es imposible reivindicar a los compañeros que resistieron en forma ininterrumpida durante los años de régimen militar y a su vez mantener el procesamiento de militantes a quienes en el día de hoy los impulsan los mismos objetivos.

Sobre la base de la experiencia del campo popular en este camino recorrido, las nuevas generaciones deben reivindicar no sólo la entrega y el sacrificio sino también y fundamentalmente el por qué de los mismos. Deben recuperar la profunda felicidad que les significaba a las/los compañeros militantes soñar y construir un país justo, libre, soberano y democrático.

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